En las inmediaciones del Mar Mediterráneo siempre ha existido degradación de la tierra. Sin embargo, la tasa de degradación de la tierra ha aumentado en las últimas décadas. Aproximadamente 300.000km² de tierra en la zona costera europea del Mediterráneo sufre la desertificación, afectando a los medios de subsistencia de 16,5 millones de personas.

La región mediterránea se caracteriza por unas condiciones climáticas semiáridas, con sequías estacionales, una alta variabilidad de precipitación y episodios imprevistos de lluvias torrenciales. Los suelos son a menudo pobres y muy erosionables y los recursos hídricos están con frecuencia exhaustos. La cubierta de bosque disminuía antes debido a una explotación no sostenible, pero últimamente lo hace a causa de los incendios incontrolados que ocurren con bastante frecuencia. Las áreas de agricultura a menudo son abandonadas, pero no se convierten en bosques, sino en matorrales altamente inflamables.

La intensificación de agricultura, los incendios, el sobrepastoreo y el cambio climático son algunas de las principales amenazas que han contribuido a la degradación durante las últimas décadas. Se necesitan actuaciones para gestionar los recursos de forma sostenible a fin de protegerlos contra los daños de la desertificación, la erosión y las inundaciones.

Además de las pérdidas en la productividad de agricultura y el aumento de la pobreza, la desertificación reduce considerablemente la capacidad de los suelos para fijar el carbono, contribuyendo al calentamiento del planeta y la pérdida de la biodiversidad. Además provoca la erosión de la tierra debido a la pérdida de la cubierta vegetal, agravando la erosión por agua y las crecidas repentinas. Éstas aceleran el aterramiento de los ríos y los lagos y contaminan las reservas del agua.

Según las Naciones Unidas, la población total de la región mediterránea aumentará de 440 millones de habitantes en la actualidad a una cifra de entre 530 y 570 millones en 2025. Los países de la orilla del norte del Mediterráneo, desde España hasta Grecia, tendrán un tercio de la población total – en comparación con la mitad que tienen en la actualidad –, mientras que dos tercios del total, o sea el doble del número actual, se concentrarán en los países del sur, desde Marruecos hasta Turquía. A falta de políticas para fomentar el equilibrio del medio ambiente y de la región, estas poblaciones abandonarán sus tierras para mudarse inexorablemente hacia los centros urbanos a lo largo de las costas, contribuyendo al aumento de urbanización.

Los sistemas tradicionales de tenencia de la tierra en la región mediterránea han llegado a ser un obstáculo para los esfuerzos dirigidos a la promoción de la gestión eficiente de recursos y a la lucha contra la desertificación. Los sistemas de tenencia de la tierra son complicados, con una combinación de derechos tradicionales sobre la tierra, propiedad privada y propiedad del Estado. Una gran parte de la propiedad estatal es utilizada, de forma legal o no, por las comunidades agrícolas y ganaderas.

Existen cada vez más pruebas de que los sistemas de derechos de propiedad y las estructuras de tenencia de la tierra desempeñan un papel central en el uso y la gestión de los recursos naturales. Muchos problemas ambientales, y en particular, la degradación de la tierra, la disminución de los bosques y la erosión de los suelos, pueden ser el resultado de los derechos de propiedad incompletos o incoherentes, y por eso los recursos naturales son más propensos a la sobreexplotación. En este sentido, es importante abordar una reforma de la tenencia de la tierra (o reforma de los recursos de la tierra) no sólo como una manera de repartir la tierra, sino como un proceso integral para ofrecer acceso, derechos de tenencia y uso sostenible de los recursos naturales, como los bosques, el agua, las semillas, los recursos genéticos y la biodiversidad.

Por eso, la UICN reconoce que es necesario:

  1. Reconocer las contribuciones importantes de las tierras áridas a las economías nacionales y a los medios de subsistencia locales para superar la idea negativa de que las tierras áridas son tierras yermas. La degradación de las tierras áridas en todos los continentes, agravada por el cambio climático, no sólo afectará a la población pobre de las comunidades rurales, sino que dificultará el desarrollo económico a niveles nacional y regional. Se necesita una valoración más coherente de los servicios de los ecosistemas de las tierras áridas e integrar estos valores dentro de los procesos de planificación de la economía nacional. Eso también ayudaría a mantener las soluciones a largo plazo para la energía y la agricultura sostenibles.
  2. Apoyar la mejora de la gobernanza en las tierras áridas. La situación actual de la gobernanza en muchas tierras áridas puede agravar tanto la degradación de los ecosistemas como la inseguridad de los medios de subsistencia. Hay una necesidad urgente de solucionar los regímenes no equitativos de tenencia y de derechos, de fortalecer el proceso democrático de toma de decisiones, de promover la paz y de ayudar a resolver los conflictos sobre los recursos naturales. Es esencial dar poder a las comunidades indígenas y locales, incluidos los pastores, sobre la planificación de los usos de la tierra y la toma de decisiones para mejorar su seguridad y garantizar sus derechos fundamentales al agua, la comida y la salud. El reconocimiento y el apoyo adecuado a las prácticas tradicionales de gestión, bien adaptadas a la alta variabilidad del clima de las tierras áridas, también podrían aumentar la resiliencia de los ecosistemas frente al cambio climático.
  3. Aplicar las lecciones de la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio (EM) a la adaptación al cambio climático y a la mitigación de sus efectos en las tierras áridas. La Evaluación de los Ecosistemas del Milenio demuestra la importancia de los servicios de los ecosistemas en la consecución de los Objetivos de desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas, que incluyen la reducción de la pobreza extrema a la mitad para el 2015. Este marco también ayuda a progresar más allá de las evaluaciones para suministrar la base de inversiones sostenibles en las tierras áridas. La UICN cree que esto puede ayudar a fomentar las sinergias entre la CNUD y otros Convenios de Río, además de con la Comisión sobre el Desarrollo Sostenible.