Artículo | 23 Nov, 2023

«Es un trabajo agotador, pero hay que hacerlo»

El profesor Sir Partha Dasgupta le cuenta a Tom Ireland cómo la economía dominante le ha fallado al medio ambiente y cómo su nuevo modelo lo corrige

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Professor Dasgupta in Cambridge University Botanic Garden

Durante las últimas cuatro décadas, el Profesor Partha Dasgupta, economista de Cambridge, ha trabajado para que el valor y la importancia de la naturaleza se tengan en cuenta en los modelos económicos de crecimiento, uso de recursos y desarrollo.

En 2019, el gobierno del Reino Unido le encargó escribir un análisis independiente y global de la economía de la biodiversidad, que se publicó en 2021 bajo el títuloEl Informe Dasgupta. Considerada la obra magna de Dasgupta, este informe de 600 páginas pedía cambios en nuestra forma de pensar, actuar y medir el éxito económico, con el fin de proteger y mejorar el mundo natural y nuestra propia prosperidad.

Las organizaciones conservacionistas de todo el mundo, incluida la UICN, lo acogieron con gran entusiasmo por establecer un modelo de desarrollo más sostenible que nos ayuda a comprender el costo de degradar los recursos naturales, los ecosistemas o la biodiversidad. El New York Times llegó a calificar su informe de «la respuesta a todo».

Unidos por la Naturaleza ha hablado con Sir Partha sobre su trabajo y el impacto que sus ideas están teniendo en todo el mundo.

Quería reescribir la economía para introducir la naturaleza sin fisuras

Han pasado casi tres años desde que El Informe Dasgupta se publicó. ¿Cuál era su objetivo y qué repercusión ha tenido hasta ahora?

Lo que yo quería era reescribir la economía de forma que la economía humana se entretejiera perfectamente con la naturaleza, reconocer que la economía humana está integrada en la naturaleza, que no es algo externo a nosotros. No basta con añadir algunos fragmentos aislados sobre el funcionamiento de la naturaleza a los modelos económicos existentes, como hemos hecho con el carbono y el cambio climático, y decir: «Ya está, ahora aspiramos a cero neto, podemos seguir creciendo indefinidamente».

En cuanto a la acogida, ha sido buena: no ha habido críticas serias de ningún sector. Antes de que se publicara el informe, hubo escritos escépticos de quienes piensan que introducir la naturaleza en la economía es mancillarla de alguna manera. Eso se basa en un malentendido de lo que entendemos por asignar un valor a los bienes y servicios de la naturaleza.

La Tesorería de Su Majestad apoyó mucho el informe y, lo que es más importante, mantuvo a varios miembros de mi equipo durante nueve meses más tras el lanzamiento, con fines de difusión. Desde entonces he participado en más de 200 entrevistas, debates, paneles, conferencias, etc. Ha tenido una influencia mucho más amplia que cualquier otra cosa que haya experimentado antes.

¿Empiezan los países a aplicar sus recomendaciones?

Tuve cuidado de no señalar con el dedo y decir «haz esto» o «haz aquello», o «esto está bien y aquello está mal». Pero mi equipo y la Tesorería de Su Majestad elaboraron un resumen de ideas políticas. La idea que muchos ya habían empezado a aceptar gira en torno a la valoración de los distintos tipos de capital natural y su inclusión en las medidas de riqueza, en lugar de limitarse a utilizar el PIB (producto interior bruto). En el Reino Unido, por ejemplo, la Office for National Statistics está introduciendo ahora las cuentas del capital natural. Muchos países también lo están haciendo ahora.

La segunda clase de recomendaciones se refería a cambios a nivel institucional. Así, por ejemplo, propuse la creación de una nueva organización internacional que impusiera una tasa por el uso de los océanos: para la pesca, la minería, el transporte, etc. La comunidad internacional podría utilizar ese dinero, entre otras cosas, para compensar a otros países por no destruir sus ecosistemas. Pero la comunidad internacional, y en particular los responsables gubernamentales de varios países, han afirmado que no es un buen momento para crear una organización de este tipo.

Tengo una gran deuda con la UICN. Hasta los años setenta, había muy pocos escritos ecológicos digeribles para los economistas.

Hay un tercer tipo de cuestión que he planteado y que la gente no quiere discutir porque lo considera demasiado delicado desde el punto de vista cultural: la demografía o población. Siempre me he mostrado muy escéptico ante quienes escriben sobre cuestiones medioambientales e ignoran un factor que contribuye a extralimitarnos en el mundo natural: el número de seres humanos.

Nuestra demanda total de la naturaleza es producto de esa cifra y de lo que todos consumimos. Sí, los ricos consumen demasiado, pero he demostrado con algunos cálculos sencillos que incluso si se redujera a la mitad la renta de los países de la OCDE, la demanda de la naturaleza seguiría superando la capacidad de la naturaleza para abastecerla de forma sostenible.

Existe la opinión generalizada, sobre todo entre las naciones ricas, de que hablar de población es menospreciar al Sur Global, o a los lugares que tienen altas tasas de fertilidad. Pero las regiones donde la población aumenta más rápidamente van a sufrir la mayor presión sobre sus ecosistemas. Si realmente se quiere ayudar a su desarrollo, hay que empoderar a la gente no solo mediante la educación, sino también mejorando la salud reproductiva y los servicios de control de la natalidad. Unos 150 millones de mujeres africanas no tienen acceso a métodos anticonceptivos modernos. El silencio sobre este tema entre los líderes mundiales es en realidad muy poco democrático, porque no se está dando voz a esas personas, especialmente a las mujeres.

No le damos un valor a la Naturaleza, eso no tiene sentido porque sin ella no estaríamos aquí para comerciar con ella.

¿Puede explicar por qué la economía siempre se hecho la de la vista gorda cuando se trata de la naturaleza, que nunca se considera como algo que pueda agotarse o empobrecerse por el crecimiento?

Los fundadores de la economía moderna, en el siglo XVIII, incluían a menudo la «tierra» en sus modelos. Clasificaban la tierra según sus cualidades, pero la consideraban esencialmente indestructible. El comercio mundial había aumentado y había mucha tierra en América y Australia, por lo que quizá les parecía casi infinita.

Ahora que disponemos de datos al respecto, podemos ver que, globalmente, la economía de entonces seguía siendo pequeña en relación con la productividad de toda la biosfera. Sin embargo, los economistas deberían haber sido más inteligentes a nivel local. Deberían haber reconocido que cuando las cosas iban mal en diversos lugares, a menudo estaba relacionado con trastornos ecológicos; que ciertas comunidades dependían mucho de su riqueza natural local. Los historiadores del Paleolítico han encontrado ejemplos en los que las sociedades que se hundieron lo hicieron debido a una mala gestión o a una extralimitación ecológica por el aumento de la población.

A partir de la década de 1950, se empezaron a identificar vínculos entre la pobreza y la desigualdad y la mala gobernanza en las zonas más pobres del mundo, pero no se estudió un factor subyacente que los impulsaba, a saber, el estado del medio ambiente local. Incluso ahora, cuando leemos sobre una región en conflicto, pensamos en un mal gobierno o en tribus enfrentadas. Pero no miramos si este conflicto ha sido provocado por tensiones relacionadas con el capital natural local.

Al igual que otras ciencias, la economía se desarrolla a partir del estudio de trabajos anteriores. Y ese trabajo crea un lenguaje que nutre la política y los negocios. El lenguaje que los políticos de hoy aprendieron cuando eran estudiantes [no incluía la naturaleza]. Y cuanto más utilicen ese lenguaje, más se verán impulsados los economistas a trabajar de esta manera. Muy poca gente intenta desglosarlo todo en pequeñas piezas y rehacerlas todas con la esperanza de resolver un rompecabezas mayor, que es lo que yo he intentado hacer.

¿Puede hablarnos de las ideas erróneas más comunes sobre su trabajo que ha mencionado antes?

Se publicaron algunos artículos en los periódicos que sostenían que la naturaleza tiene un valor incalculable y que ponerle un valor monetario es, por tanto, mercantilizarla, ponerla a la venta. En primer lugar, no estamos asignando un valor a toda la naturaleza, eso no tiene sentido, porque sin la naturaleza no estaríamos aquí para comerciar con ella. Lo que queremos es observar los cambios que se están produciendo en aspectos de la naturaleza, ya sea, por ejemplo, el deterioro o la mejora de un ecosistema o un humedal, y luego evaluar las consecuencias.

Cuando un economista habla del precio de algo, no significa necesariamente que sea un valor de cambio. Es una forma de evaluar el valor social de, por ejemplo, un manglar: el valor de los servicios que ofrece a la comunidad, como agua potable, alimentos, defensas contra inundaciones, madera, etc. Mantener ese valor puede requerir una normativa para protegerlo, o incluso no tocarlo en absoluto.

Hay modos de vida que han evolucionado a lo largo de los siglos en los que las personas no utilizan «precios» para guiar su comportamiento, pero que sí implican la valoración de su entorno local. Por ejemplo, muchas comunidades pequeñas y autosuficientes han desarrollado normas para restringir ciertas conductas y fomentar otras, comme no pescar en cierta parte de la costa durante la temporada de desove. Hacen estas cosas precisamente porque los ecosistemas son valiosos. Los habitantes de estas comunidades son gestores de activos; controlan sus activos de forma inteligente.

¿Qué ocurre con las comunidades que gestionan mal su patrimonio natural o no comprenden su valor?

Fíjate en el destino de las poblaciones Maya de la Isla de Pascua y de Groenlandia. Si no valoras los recursos de los que dependes, o los gestionas mal, estás perdido. Y cabe señalar que hay innumerables ejemplos de comunidades que se están hundiendo porque gente de fuera ha entrado y ha trastocado sus normas y comportamientos. La literatura sobre silvicultura está repleta de ejemplos.

¿Cómo valoramos ahora los activos naturales? ¿Lo hacemos de forma correcta?

En Asia se han realizado muchos estudios de casos, y una red en particular llamada SANDEE (Red del Sur de Asia para el Desarrollo y la Economía Medioambiental), que tiene unos 25 años, ha publicado un gran número de estudios locales muy importantes que estiman la calidad o la productividad de ecosistemas locales específicos. Han sido pioneros en estudios cuantitativos de los beneficios que cosas como los manglares proporcionan a pueblos y ciudades, y han sido estimaciones muy buenas. ¿Son estudios fiables?

Es difícil saberlo, pero es mucho mejor que decir que algo vale cero o que durará para siempre.

Creo que más que preguntarnos si las valoraciones son exactas, deberíamos preguntarnos: ¿Se están haciendo los ejercicios de forma coherente? Valorar incluso los ecosistemas locales es un trabajo laborioso. Y son específicos de cada lugar: el valor de una hectárea de humedal en los trópicos no me va a dar mucha información sobre el valor de una hectárea en humedales templados. Es un trabajo agotador, pero hay que hacerlo.

¿Tiene algún ejemplo favorito de un país o un lugar que esté poniendo en práctica su trabajo?

Creo que Costa Rica es un país impresionante. No porque hayan leído mi informe: sino porque son defensores de la conservación de la biodiversidad desde hace mucho tiempo. Pero su comprensión implícita de estas cuestiones parece coincidir con mi lectura.

Una última pregunta: ¿Es optimista respecto al futuro? ¿Podrá la sociedad romper este hábito de ignorar el agotamiento de las riquezas naturales, o seguiremos el camino de los isleños de la Isla de Pascua?

Simplemente no me permito pensar en ello. Soy una persona bastante alegre y hago el trabajo que hago porque es importante y me parece enormemente interesante. No sé cómo va a ser el futuro, pero lo mejor es seguir con el trabajo que hay que hacer.

El profesor Sir Partha Dasgupta es catedrático emérito de Economía Frank Ramsey de la Universidad de Cambridge

El profesor Partha Dasgupta habla de cómo la UICN ha influido en su trabajo...

«Tengo una gran deuda con la UICN. Hasta los años 70, había muy pocos textos ecologistas de fácil acceso para los economistas. Yo estaba escribiendo un libro sobre la pobreza en el que quería explorar la interfaz entre el consumo y el medio ambiente, en lugar de centrarme únicamente en el consumo. Puede que entonces ni siquiera conociera la palabra «ecosistema». La UICN publicó un libro de Robert Allen que fue maravilloso para mí como economista. Con él conocí todos estos conceptos medioambientales y ecológicos, que después utilicé en mi libro».
 

Como la mayor red medioambiental del mundo, muchas otras partes de la UICN también trabajan en la intersección entre economía y conservación. Entre ellas se encuentran:
•  Centro de la UICN para la Economía y las Finanzas IUCN.org/EconomyandFinance

• Comisión de Política Ambiental, Económica y Social de la UICN  IUCN.org/CEESP